MADRE del MILLONARIO suplica “NO SÉ NADAR” — el HIJO aparece FURIOSO y hace ESTO con la ESPOSA…

Vinicio, sin embargo, no era ingenuo. Había aprendido a leer gestos en el mundo de los negocios. La respiración contenida, los ojos que se niegan a sostener la mirada, las manos que tiemblan incluso cuando la boca sonríe. Nada de lo que veía encajaba. Viviana intentó recuperar el control, caminó hasta él y le acarició el hombro. Vinicio, cariño, no te preocupes. Tu mamá se asustó un poco. Nada grave. Ya sabes lo sensible que es. Él no respondió. Y en ese silencio Viviana sintió por primera vez un leve temblor en su seguridad.

Para entender la tensión de ese instante, había que retroceder en la vida de doña Antonia antes de ser conocida como la madre del millonario. Había sido una mujer con historia propia. Nació en un barrio popular de Guadalajara, hija de inmigrantes españoles que llegaron con una maleta y una fe inquebrantable. Se formó como maestra de historia y dedicó 35 años a un colegio público donde los alumnos la recordaban como la maestra que transformaba fechas en relatos vivos. Se casó con Alberto Rodríguez, un contador honesto que jamás buscó lujos, pero sí estabilidad.

Juntos criaron a Vinicio, su único hijo, con disciplina y ternura. Alberto veía en el niño un talento natural para los números y la tecnología. A los 10 años, Vinicio ya desmontaba radios viejos solo por curiosidad. Cuando Alberto murió de un infarto a los 67 años, la vida de doña Antonia se quebró en silencio. Vinicio, en cambio, sintió que tenía un deber, continuar el legado. Transformó el pequeño despacho contable de su padre en una empresa de software, apostando por soluciones en la nube, cuando pocos confiaban en esa idea.

A los 40 años ya era uno de los empresarios más influyentes de Jalisco. Con su éxito compró la mansión en providencia y llevó a su madre a vivir con él. Nunca estuvo sola porque Rosa María, la empleada leal que había trabajado con la familia desde la muerte de Alberto, se convirtió en su sombra protectora. La vida parecía estable hasta que apareció Viviana Montejo. El encuentro ocurrió en una gala benéfica en el hospicio Cabañas, rubia, elegante, con un dominio natural del trato social.

se movía entre empresarios como si hubiera nacido para ese escenario. Vinicio quedó fascinado desde el primer momento. En cuestión de semanas comenzaron un romance que pronto se convirtió en matrimonio. La boda fue fastuosa, celebrada en el ex convento del Carmen con invitados de toda la élite Tapatía. Para la sociedad Viviana era la esposa perfecta, para Vinicio la ilusión de un nuevo comienzo. Pero doña Antonia y Rosa lo advirtieron desde el principio. En los ojos de esa mujer no brillaba amor, sino cálculo.

Al inicio, Viviana parecía encajar con la vida de Vinicio como la pieza perfecta de un rompecabezas. organizaba cenas con empresarios, posaba sonriente en las revistas sociales y hasta acompañaba a doña Antonia a misa algunos domingos, mostrando un rostro dulce y servicial. Pero la máscara empezó a resquebrajarse pronto. Rosa fue la primera en notarlo. La empleada conocía los silencios y las miradas de la casa mejor que nadie. Un día vio como Viviana, con una sonrisa impecable dejaba que la bastón de doña Antonia rodara hasta el suelo sin ayudarla a recogerlo.

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