MADRE del MILLONARIO suplica “NO SÉ NADAR” — el HIJO aparece FURIOSO y hace ESTO con la ESPOSA…

“Él nunca se ha quejado de cuidarme. Soy su madre y siempre ha estado a mi lado.” Viviana inclinó la cabeza sonriendo. “Claro, pero los hijos también necesitan espacio.” Al llegar a la orilla de la alberca, la joven dejó caer su pulsera dentro del agua. Qué torpe soy. Esta joya es carísima. ¿Podría ayudarme a alcanzarla? Los ojos de la anciana se abrieron de par en par. Yo no sé nadar, Viviana. Retrocedió un paso. La nuera se acercó peligrosamente.

Lo sé, susurró. En ese instante, Rosa apareció con una bandeja de té. El choque de una taza al caer contra el suelo rompió la tensión. Viviana se enderezó de inmediato fingiendo sorpresa. Ay, Rosa, qué descuidada eres. La empleada bajó la mirada, pero su corazón latía con fuerza. Había visto la intención en los ojos de Viviana. Aquella noche, doña Antonia rezó con su rosario en mano. Señor, no me dejes caer en sus manos. Mientras tanto, Viviana subía a su recámara con una sonrisa helada.

Su plan necesitaba paciencia y ella sabía esperar. En los días siguientes, los accidentes se multiplicaron. Un tapete colocado estratégicamente en el pasillo casi hizo caer a doña Antonia. Sus lentes fueron cambiados por unos de graduación distinta, provocándole mareos. Y un día el azúcar del café apareció mezclado con sal. Ay, señora, su presión, exclamó Rosa angustiada al verla sudar. Guardó una muestra del polvo en una bolsa con la intuición de que algún día necesitaría pruebas. Vinicio, ocupado en la empresa, notaba cambios en su madre.

Estaba más nerviosa, más silenciosa, pero no lograba ver el origen. Viviana siempre encontraba la forma de mostrarse como un ángel frente a él. Una noche, durante la cena, doña Antonia dejó caer el tenedor de sus manos temblorosas. Viviana rió suavemente y comentó en voz alta, “Suegra, ¿no cree que ya es hora de comer solo sopas? Se ve mal que pase vergüenzas así delante de todos. El silencio en la mesa fue absoluto. Rosa apretó los labios furiosa. Vinicio levantó la vista de su celular y clavó los ojos en su esposa.

“No vuelvas a hablarle así a mi madre”, dijo con firmeza. Viviana sonrió disfrazando la rabia. Amor, era una broma, pero en su interior la máscara comenzaba a resquebrajarse. Aquella noche, después de la cena, Rosa tomó valor y llamó en secreto al licenciado Esteban Aguilar, viejo amigo de la familia y abogado de confianza. Con la voz temblorosa le relató que llevaba meses observando. Los accidentes sospechosos, las palabras hirientes, los gestos calculados. Rosa, escucha”, dijo el licenciado con seriedad, “neitamos pruebas.

No basta con sospechas, por muy claras que parezcan. Anota todo. Guarda lo que puedas. Si esa mujer está tramando algo contra doña Antonia, tarde o temprano lo vamos a demostrar. ” Rosa colgó el teléfono con el corazón encogido. Sabía que se estaba jugando mucho, incluso su trabajo, pero no podía quedarse de brazos cruzados. Los días siguientes fueron un tormento silencioso. Viviana parecía cada vez menos preocupada por disimular. Le bastaba con que Vinicio no estuviera en casa para dejar salir su verdadero rostro.

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