No dijo nada, pero dentro de sí repitió una oración. Señor, protégeme de esta mujer. Esa misma noche, Rosa volvió con un semblante nervioso. Había ido directo a casa del licenciado Esteban para entregarle un cuaderno lleno de anotaciones, fechas, situaciones, frases que había escuchado. Incluso llevaba la bolsita con la mezcla de azúcar y sal. Aquí está todo lo que he visto, licenciado. Ella está intentando acabar con la señora. Esteban revisó cada detalle con seriedad. Esto puede ayudarnos mucho, Rosa.
Sigue anotando todo. No te detengas. Mientras tanto, Viviana planeaba algo más arriesgado. Ya no le bastaban las humillaciones ni los accidentes pequeños, la herencia, las propiedades, la empresa. Todo seguía lejos de su alcance mientras doña Antonia siguiera viva. El sábado amaneció con un cielo gris como presagio. Vinicio pasó la mañana en videollamadas con socios de Monterrey. Rosa, ocupada en la cocina, preparaba tamales para el almuerzo y Viviana rondaba por la casa como un fantasma, inquieta, calculadora. Al mediodía se acercó a la terraza con una sonrisa fingida.
“Suegra, ¿quiere caminar un poco al jardín? El aire fresco le hará bien.” Doña Antonia dudó, pero la insistencia de Viviana la llevó otra vez hasta la orilla de la alberca. Esta vez no había pulsera que fingir perder, no había excusas, solo la intención cruda en los ojos de la nuera. Usted sabe que no puede estar aquí mucho tiempo más”, dijo Viviana con voz baja y cortante. Es hora de que deje de ocupar un lugar que ya no le corresponde.
El viento sopló fuerte en ese instante y la superficie del agua pareció agitarse como si presintiera lo que estaba por ocurrir. Viviana dio un paso hacia delante con una frialdad que heló la sangre de doña Antonia. la tomó de los hombros y con una fuerza inesperada la empujó hacia la orilla de la alberca. “¡Yo no sé nadar!”, gritó la anciana alzando los brazos con desesperación. El cuerpo de doña Antonia se inclinó peligrosamente hacia el agua. Sintió que la gravedad la jalaba y que el aire se le escapaba del pecho.
Pero justo en el instante en que estaba a punto de caer, una voz potente resonó en el jardín. No. Vinicio apareció corriendo desde la entrada con el rostro desencajado. Con un movimiento rápido, sujetó a su madre por los brazos y la jaló con fuerza hacia atrás, evitando que cayera a la alberca. Ambos rodaron por el suelo, golpeando contra el deck de madera, pero la anciana estaba a salvo. El silencio que siguió fue breve, interrumpido por el rugido de la furia contenida.
¿Qué demonios crees que estás haciendo, Viviana? La voz de Vinicio retumbó como un trueno. La mujer se quedó pálida, pero trató de recomponerse. Amor, no es lo que parece. Solo estaba bromeando con tu mamá. Bromeando, repitió Vinicio con los ojos ardiendo. Intentaste matarla. Rosa llegó corriendo desde la cocina con el corazón en la garganta. Se colocó al lado de la anciana y gritó con firmeza. Yo lo vi, señor. ¿La empujó? Sí, la empujó. La máscara de Viviana se resquebrajó por completo.
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