Sus facciones, antes dulces, se torcieron en una mueca de rabia. Cállate, sirvienta entrometida, siempre metiéndote en lo que no te importa. Vinicio la miró como si de pronto viera a una desconocida. No quedaba nada de la mujer que había conocido en aquella gala benéfica, ni de la esposa perfecta que presumía en las revistas sociales. Frente a él estaba el rostro desnudo de la ambición. Cruzaste todos los límites”, dijo con voz baja pero firme. Viviana rompió en un llanto desesperado, intentando recuperar terreno.
“Lo hice por nosotros, Vinicio. Mereces ser el dueño absoluto de todo. Tu madre ya vivió demasiado, ya está vieja, enferma. Yo solo quería acelerar lo inevitable.” Doña Antonia, temblando en brazos de rosa, escuchó aquellas palabras como cuchillos. Vinicio apretó la mandíbula y sacó su celular. Esteban, ven a la casa ahora mismo. Trae todo lo que hemos hablado. Viviana intentó arrebatarle el teléfono, pero él activó la alarma de seguridad con un botón. En segundos, dos guardias privados aparecieron desde el portón.
“Llévenla a la sala y no la dejen salir”, ordenó Vinicio con frialdad. Viviana Forcejeó gritando insultos, pero fue contenida. Sus lágrimas ya no eran de tristeza, sino de odio puro. Mientras tanto, Rosa abrazaba a doña Antonia con fuerza. La anciana lloraba, aliviada de seguir con vida, pero devastada por haber escuchado con sus propios oídos la verdad que siempre temió. La tensión en la mansión era insoportable. El desenlace estaba cerca. El silencio en la mansión era tan denso que parecía aplastar las paredes.
Viviana, encerrada en la sala bajo la vigilancia de los guardias, caminaba de un lado a otro como una fiera acorralada. intentaba encontrar un argumento convincente, pero hasta ella sabía que las palabras ya no tenían poder. En su habitación, doña Antonia permanecía recostada, aún con el rosario en la mano. Rosa no se apartaba de su lado, acariciándole el cabello y susurrándole frases de consuelo. Ya pasó, señora. El señor Vinicio lo vio todo. La verdad salió a la luz.
La anciana cerró los ojos con cansancio, pero una pequeña paz empezaba a asomar en su corazón. En el despacho, Vinicio esperaba con impaciencia la llegada del licenciado Esteban Aguilar. Caminaba de un lado a otro, los puños cerrados, la furia mezclada con decepción. Nunca imaginó que la mujer que presentó como su esposa frente a toda Guadalajara terminaría mostrando un rostro tan oscuro. Finalmente, el timbre sonó. El abogado entró con una carpeta negra repleta de documentos. Aquí está todo, Vinicio dijo con seriedad.
Registros, pruebas, los apuntes de rosa y hasta muestras físicas de lo que intentó hacer. El empresario repasó las hojas con rapidez. Cada palabra era como un golpe en el pecho. Caídas provocadas, comida adulterada, frases humillantes, intentos de accidente. Todo estaba escrito, fechado, documentado. “No hay duda”, murmuró apretando los dientes. “Esto no fue descuido, fue premeditación. Mandó llamar a los guardias. En minutos, Viviana fue conducida hasta el despacho. Intentó mantener la compostura, pero al ver a Esteban y la carpeta sobre la mesa, el color se le fue del rostro.
Vinicio, amor, por favor. Yo yo solo estaba nerviosa. Perdí el control. Fue un momento de debilidad. El abogado la miró con dureza. La debilidad no se repite decenas de veces, señora. Esto es un patrón. Esto es intento de homicidio. Las palabras resonaron como sentencia. Viviana se lanzó hacia su marido buscando tocarle las manos. Vinicio, escúchame. Yo te amo. Todo lo que hice fue por ti, para que fueras libre, para que tuvieras lo que mereces. Él se apartó, la mirada firme.
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