Si hubieras amado de verdad, jamás hubieras tocado un solo cabello de mi madre. Rosa entró en ese momento con el rostro endurecido por la indignación. No merece ni una lágrima, señor. Yo vi todo. Estaba esperando que usted abriera los ojos. Doña Antonia, desde la puerta, apoyada en su bastón, habló con voz quebrada. Hijo, no dejes que esta mujer siga en esta casa. Vinicio se levantó erguido como nunca. Viviana Montejo, a partir de hoy ya no tienes poder aquí.
Responderás por cada acto, por cada intento, por cada lágrima que provocaste. Viviana gritó, lloró, suplicó, pero nada pudo cambiar la decisión que ya estaba sellada. Los días que siguieron parecieron un amanecer después de una larga tormenta. La mansión de providencia, antes cargada de tensión, recuperaba lentamente el silencio sereno que alguna vez tuvo. Viviana enfrentó un proceso legal impulsado por Vinicio y el licenciado Esteban Aguilar. Las pruebas eran tan claras que ni siquiera sus conocidos de la alta sociedad pudieron defenderla.
La mujer que antes aparecía en las portadas de revistas sociales, ahora era mencionada en periódicos por su ambición y crueldad. Doña Antonia, aunque marcada por el miedo vivido, encontró consuelo en la fe y en el amor de su hijo. Rosa permanecía a su lado día y noche, no solo como empleada, sino como amiga y guardiana. Juntas compartían oraciones y silencios que hablaban más que 1000 palabras. Vinicio, golpeado por la traición, tomó una decisión que cambió su vida, dedicar menos tiempo a la empresa y más a su madre.
Entendió que el verdadero éxito no estaba en los negocios, sino en cuidar de quien siempre había estado ahí, incluso en los días más oscuros. Una tarde, sentado en el jardín junto a ella, tomó su mano arrugada y la miró a los ojos. Perdóname, mamá. Yo debí ver todo antes. Doña Antonia sonrió débilmente con ternura. Hijo, el amor nos ciega a veces. Lo importante es que ahora estamos juntos y la verdad salió a la luz. Rosa, que observaba la escena, no pudo contener una lágrima.
Sabía que el mal había intentado apoderarse de esa casa, pero también sabía que la bondad había resistido. El jardín se llenó de un aire nuevo, el sol iluminaba las hojas y la alberca, que antes fue escenario de miedo, ahora brillaba tranquila, como un espejo de agua inofensivo. Viviana ya no volvería a cruzar esas puertas y aunque las cicatrices permanecerían, también lo haría la certeza de que el amor verdadero puede enfrentar la peor de las tormentas. La historia de doña Antonia nos recuerda que a veces el peligro no viene de lejos, sino que se esconde dentro del hogar, detrás de sonrisas falsas y palabras dulces. La ambición puede cegar, pero la verdad siempre encuentra la manera de salir a la luz.
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