Madre soltera pobre es expulsada junto a su madre anciana de la casa de sus tíos, pero lo que encuentran lo cambia todo. Salieron con una maleta, un bebé y ninguna esperanza, solo el desierto frente a ellas. Pero al hallar refugio en una vieja casa olvidada, descubrieron secretos que dormían allí desde hace décadas. Y aquella noche de dolor se convirtió en el comienzo de una revelación que cambiaría para siempre el destino de su familia.
La puerta de la modesta casa en las afueras de las cruces, Nuevo México, se cerró con un golpe seco. El sonido retumbó en el pecho de Renata, más fuerte que el viento que barría el polvo del desierto. Sostenía a Emiliano de apenas tres meses apretándolo contra su pecho con fuerza. “No pueden hacernos esto, tío Luis”, gritó ella con la voz rota por la angustia. “Es tu madre. Es tu madre por el amor de Dios.
El pequeño Emiliano, ajeno a todo, dormía con la paz de los inocentes. El cielo gris plomiso amenazaba con descargar su furia sobre ellos. Luis, el mayor de los hermanos, ni siquiera la miró. Sus ojos, fríos como el acero, estaban fijos en la vieja maleta de cartón a los pies de su madre. Silvia. Ya lo hemos hecho, Renata dijo. Su voz áspera como la lija. Esta casa es nuestra ahora. Mamá decidió dárnosla en vida, ¿verdad, mamá? Se giró hacia la anciana que temblaba, no solo por el frío, sino por la traición.
No tienes derecho a traer aquí a tus problemas ni a esa criatura. La palabra criatura salió de su boca con un desprecio que helaba la sangre. Jorge, el hermano menor, observaba desde el porche limpiándose las manos en un trapo sucio. Era más débil que Luis, pero igual de cómplice en la crueldad. Renata entiende, dijo evitando su mirada penetrante. Las cosas están difíciles para todos. No hay espacio suficiente aquí. No hay dinero. No hay corazón. Es lo que no hay, interrumpió Silvia.
Su voz frágil, pero cargada de una dignidad de hierro. Ustedes dos son una vergüenza. La vergüenza de su padre, que en paz descanse. Ella agarró el asa de su única maleta, la misma que usó cuando llegó a este país. “Cállate, vieja”, espetó Luis, dando un paso amenazante hacia ella. “Tú siempre la preferiste a ella. Siempre preferiste a la madre de Renata. Aunque estuviera enferma,” hizo un gesto despectivo hacia el camino de tierra. “Ahora puedes irte con tu nieta favorita.
Váyanse y no se atrevan a volver. Renata miró a su abuela, sus ojos llenos de lágrimas, que el viento secaba al instante. Abuela, vámonos. No vamos a rogar por migajas. ¿A dónde iremos, hija? Susurró Silvia, su mirada perdida en la distancia. No tenemos nada. Tenemos nuestros pies, dijo Renata y nos tenemos la una a la otra. y a Emiliano. Acomodó al bebé en sus brazos cubriéndolo con la única manta limpia que tenía. Silvia se aferró a su maleta marrón, la superficie gastada por décadas de uso y recuerdos.
Dieron la espalda a la casa donde Silvia había criado a sus hijos, la casa donde Renata había nacido. Cada paso sobre el camino de tierra era una puñalada. El desierto de Nuevo México se extendía frente a ellas. vasto, silencioso e indiferente a su dolor. Mientras caminaban lentamente hacia la carretera principal, la imagen de su madre, fallecida hacía solo un año, inundó la mente de Renata. Su madre, tan dulce, tan frágil, había muerto en esa misma casa. Luis y Jorge la habían tratado con un desdén silencioso hasta su último aliento.
Cuida a mamá, Renata. Le había pedido su madre en un susurro, “Tus tíos no son buenos hombres. No confíes en ellos.” Renata apretó la mandíbula. Le había fallado. “No, mamá”, susurró al viento. “La cuidaré. Lo juro por mi vida.” Llegaron al asfalto de la carretera secundaria. La imagen era desoladora, exactamente como la que verían en la miniatura, un camino recto que se perdía en el horizonte, flanqueado por cactus y arbustos secos. El cielo oscuro y pesado parecía aplastarlas.
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