No había autos, no había nadie, solo ellas tres, la joven madre, el bebé inocente y la abuela traicionada, caminando hacia la nada absoluta. La esperanza era una palabra que ya no recordaban cómo pronunciar en sus corazones rotos. El peso de Emiliano comenzaba a sentirse en los brazos de Renata. El bebé se removió inquieto, buscando el calor que ella apenas podía generar. Caminaban pegadas a la línea blanca de la carretera. como si temieran perderse en la inmensidad. “Tenemos que parar, hija”, dijo Silvia, su respiración sonando agitada y débil.
“Solo un momento, necesito sentarme.” Se sentaron sobre la maleta de cartón, al borde del camino. El silencio era total, roto solo por el llanto incipiente de Emiliano, que empezaba a tener hambre. El llanto del bebé la transportó a otra tarde gris seis meses atrás en Albuquerque. Estaba en un pequeño café sentada frente a Samuel. Él había sido su primer amor, el hombre que le prometió el mundo entero. Cuando le dijo con voz temblorosa, pero esperanzada, que estaba embarazada, la sonrisa de Samuel se congeló.
“No puedo, Renata”, dijo él, sus ojos oscuros, repentinamente vacíos. Tengo planes, tengo mi carrera, no puedo ser padre ahora. ¿Y nosotros? Preguntó ella, su mano instintivamente sobre su vientre a un plano. No hay nosotros, Renata. Lo siento mucho, dijo él poniéndose de pie. Renata recordó haberlo seguido por la calle, rogándole, humillándose. Mateo, por favor, es tu hijo. Es nuestro hijo. Él se dio la vuelta en medio de la acera y la crueldad en su rostro la golpeó más que cualquier bofetada.
Ese es tu problema. No mío. Fue un error. No vuelvas a buscarme nunca más. Desapareció entre la multitud, dejándola sola, embarazada y con el corazón hecho pedazos. Es igual a él, susurró Renata mirando el rostro dormido de Emiliano. Silvia la miró confundida por el comentario repentino. ¿Quién, mi niña? Igual a quién, Emiliano tiene los ojos de Samuel. Tiene sus pestañas largas. Una lágrima solitaria rodó por la mejilla sucia de Renata. Una lágrima de rabia. Lo odio, abuela.
Odio a Samuel por abandonarnos y odio a mis tíos por echarnos como si fuéramos basura. Silvia puso su mano arrugada sobre el hombro de su nieta, una mano que había trabajado toda la vida. El odio es un veneno que solo te tomas tú, Renata, dijo Silvia con calma, esperando que el otro muera. Pero la única que se envenena eres tú. No dejes que te consuman, mi niña, continuó Silvia. Ni Samuel, ni Luis, ni Jorge. La anciana miró sus propias manos manchadas por la edad y el trabajo duro.
Crié a esos dos niños, les di todo lo que tenía y mira cómo pagan. Había dolor en su voz, pero no había derrota. Había una fuerza en Silvia que Renata siempre había admirado, una resiliencia forjada en décadas de dificultades. “Vamos, tenemos que seguir antes de que anochezca”, ordenó Silvia suavemente. Se pusieron de pie de nuevo. El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas distantes, tiñiendo el cielo de un naranja sucio y púrpura. El frío del desierto se intensificó de inmediato.
Renata temblaba y no solo por la temperatura. Emiliano necesitaba comer, necesitaba un pañal limpio. Ella solo tenía dos pañales más y un poco de fórmula preparada en un biberón frío en su bolso. Era una madre soltera, pobre y ahora sin techo. A lo lejos vieron las luces brillantes de un auto. Renata sintió una punzada de esperanza en el pecho. Abuela, mira, un auto. Comenzó a hacer señas con la mano libre. Desesperada por ayuda. El auto, una camioneta grande y oscura, se acercaba rápidamente.
Redujo la velocidad. Renata pudo ver la silueta de un hombre al volante, pero la camioneta no se detuvo. Pasó de largo levantando una nube de polvo que las cubrió, haciendo toser a Silvia. La esperanza se desvaneció tan rápido como había llegado, dejándolas solas de nuevo. La oscuridad estaba cayendo rápidamente, como un manto pesado. Ya no era solo frío, era peligroso. Renata sabía que los coyotes rondaban por esas carreteras por la noche. No podemos dormir aquí, abuela. No podemos.
Es muy peligroso. El llanto de Emiliano era ahora constante, un sonido agudo de hambre y frío que le partía el alma. “Dios mío, ayúdanos”, murmuró Silvia. Su fe lo único que le quedaba. Se aferró al brazo de Renata. Caminaron otros 20 minutos, cada paso más pesado que el anterior. Fue entonces cuando Renata lo vio a unos 100 m de la carretera semi occulto por arbustos secos y un álamo moribundo, había una silueta. No era una roca, era una estructura.
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