Parecía una casa. Abuela, mira allí”, dijo señalando con la barbilla, sin atreverse a soltar a Emiliano. Silvia entrecerró los ojos, forzando su vista cansada. Es parece una casa, ¿estará abandonada? Solo hay una forma de saberlo dijo Renata, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y una diminuta chispa de esperanza. Salieron del asfalto, sus pies hundiéndose en la arena y la grava. El camino de entrada estaba casi borrado por el tiempo y las malas hierbas. La casa era pequeña, de adobe, al estilo antiguo de Nuevo México.
Las ventanas estaban tapeadas con tablas o rotas. La puerta principal colgaba torcida de una sola bisagra. Era evidente que nadie había vivido allí en muchos, muchos años. Pero era un techo, eran cuatro paredes. “Con cuidado, Renata”, advirtió Silvia agarrando su maleta con más fuerza. Renata empujó la puerta que chirrió como un alma en pena. El interior estaba oscuro y olía a polvo a tiempo acumulado y a nidos de ratones, pero estaba seco y lo más importante las protegía del viento helado.
“Espera aquí, abuela.” Renata sacó su teléfono. La batería marcaba un 5%. Encendió la linterna. El rayo de luz iluminó una pequeña sala de estar. Había muebles viejos cubiertos de sábanas polvorientas. Una chimenea en la esquina llena de telarañas. “Dios mío”, susurró Renata. No estaba completamente vacío. Era como si alguien se hubiera ido con prisa dejando todo atrás. En una pequeña cocina contigua encontraron una lata de café medio llena sobre el mostrador. Aunque el contenido estaba duro como una piedra.
Había un viejo catre en un rincón. “Es mejor que la carretera”, dijo Silvia soltando la maleta con un suspiro de alivio que pareció quitarle 10 años de encima. “Aquí podemos pasar la noche al menos.” Renata limpió el polvo de un viejo sofá con la manta de Emiliano y ayudó a sentar a su abuela. Luego buscó un lugar para el bebé. Encontró una habitación pequeña, un dormitorio. Había una cuna de madera. Una cuna. Estaba vacía, polvorienta, pero intacta como esperando.
Renata sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Quién había vivido aquí? ¿Quién había tenido un bebé en este lugar olvidado? limpió la cuna lo mejor que pudo y acostó a Emiliano, que finalmente se había callado, agotado por el llanto. Mientras la noche caía sobre el desierto, Renata y Silvia se sentaron juntas en el viejo sofá. No tenían comida, salvo el último biberón frío de Emiliano. No tenían luz, salvo la luna que se filtraba por las tablas rotas de las ventanas, pero tenían un techo.
Estaban a salvo del viento. “Mañana veremos qué hacemos”, dijo Renata. Su voz apenas un susurro en la oscuridad. Silvia asintió ya medio dormida. En esa casa abandonada, en medio de la nada, por primera vez en mucho tiempo, Renata sintió algo que no era miedo. La luz del sol del desierto, brillante e implacable, despertó a Renata. Le dolía cada músculo de su cuerpo. Emiliano estaba despierto en la cuna, pero no lloraba. Miraba fascinado las motas de polvo que bailaban en un rayo de sol.
Silvia estaba de pie junto a una ventana tapiada, intentando mirar por una rendija estrecha. “Este lugar me resulta familiar”, dijo Silvia de repente su voz cargada de una extraña confusión. “No puede ser, abuela. Estamos a kilómetros de casa”, respondió Renata levantándose del sofá duro. Renata tenía una prioridad absoluta. Necesitaba encontrar agua y comida. Salió de la casa con cuidado. El sol de la mañana revelaba la propiedad. Era pequeña, pero tenía un pozo. Renata corrió hacia él temiendo que estuviera seco.
Agarró la manivela oxidada y milagrosamente, al girarla con esfuerzo, salió un chorro de agua limpia y fría. Lloró de alivio. Llenó el biberón vacío para lavarlo y volvió a entrar. abuela, hay agua, hay un pozo y funciona. Silvia, sin embargo, no la escuchaba. Estaba en la cocina con la mano sobre la pared de adobe desconchada. Tu abuelo, que Dios lo tenga en su gloria, comenzó Silvia. Arturo recordó a su esposo, fallecido hacía tantos años. Él siempre quiso construir una casa así, lejos de todo el ruido.
Recordó a Arturo, un hombre bueno y trabajador. Él trabajó en los campos de Chile cerca de aquí. Ahorró cada centavo que ganó. Silvia tocaba la pared como si tocara un rostro amado. Pero Luis y Jorge, ellos siempre querían más. Querían la ciudad, querían el dinero fácil. Nunca entendieron a su padre. recordó cuando Arturo enfermó gravemente. Luis y Jorge, ya adolescentes, apenas lo visitaban en su cuarto, se quejaban del olor a medicina en la casa. Ese dinero que gastas en el médico, mamá, le dijo Luis una vez con una frialdad impropia de su edad.
Podríamos usarlo para comprar una camioneta. Silvia sintió la misma rabia de entonces. Es su padre, les gritó, pero no les importaba. Cuando Arturo murió, ellos solo preguntaron por la herencia. No había herencia, solo deudas y la casa familiar. Ellos nunca quisieron esta vida, la vida de trabajo duro dijo Silvia, más para sí misma que para Renata. Por eso odiaban a tu madre, porque ella era como Arturo, humilde, trabajadora. Ella no pedía nada. Renata entendió entonces la profundidad del resentimiento de sus tíos.
No era solo por el dinero, era por quienes eran. Su madre y ahora Renata con Emiliano les recordaban la vida que ellos despreciaban, la vida de la que se sentían demasiado buenos para formar parte. “Pues ahora esta es nuestra vida”, dijo Renata con una determinación nueva. “Tenemos que encontrar comida.” revisó los armarios de la cocina otra vez con más luz. En el fondo de una despensa, detrás de latas oxidadas e ilegibles, encontró un tesoro, una bolsa de papel de arroz cerrada y otra de frijoles secos.
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