Leah se escondió detrás de mis piernas. Salvatore me miró con desprecio, asumiendo que yo era solo una empleada más. Pero cuando Damián puso los resultados del ADN sobre la mesa, la máscara del viejo se rompió.
Lo que siguió fue un descenso al infierno. Salvatore, al verse descubierto, no mostró arrepentimiento. Mostró sus garras. Sus hombres ya habían infiltrado la seguridad de la casa. En medio del caos y el intercambio de disparos, Salvatore logró agarrar a Leah. Corrió hacia el helipuerto en el tejado, donde un helicóptero ya estaba encendiendo motores.
Corrimos tras él. El viento y la lluvia nos cegaban. Salvatore estaba al borde del tejado, sosteniendo a Leah sobre el vacío.
— ¡Si ella no es el futuro del imperio bajo mis reglas, no será el futuro de nadie! —gritó el viejo, con la locura brillando en sus ojos.
Damián tiró su arma al suelo. — ¡Suéltala, Salvatore! Tómame a mí. Quédate con todo. Pero déjala ir.
Salvatore rió, un sonido seco y maligno. Sus dedos se aflojaron. En ese segundo, el tiempo se estiró como una liga a punto de romperse. No pensé. No tuve miedo. Mi cuerpo recordó cada patada que Leah me dio en el vientre, cada noche que lloré su supuesta muerte. Me arrojé sobre el cemento mojado, deslizándome con el impulso de una madre que no va a perder a su hija dos veces.
Mi mano se cerró alrededor de la muñeca de Leah justo cuando ella caía al vacío. El impacto casi me disloca el hombro. Mi cuerpo quedó colgando a medias de la cornisa, sosteniendo el peso de mi hija sobre una caída de veinte metros hacia las rocas.
— ¡Te tengo! —grité con los pulmones ardiendo—. ¡Mamá te tiene!
Un solo disparo resonó. Damián había recuperado una segunda arma y le dio a Salvatore justo entre los ojos. El cuerpo del traidor cayó al abismo, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Segundos después, las manos de Damián nos rodeaban a ambas, arrastrándonos hacia la seguridad del tejado.
Nos quedamos ahí, los tres, empapados y temblando bajo la tormenta. Leah sollozaba contra mi pecho, escondiendo su cara en mi cuello. Entonces, con una voz pequeña pero firme, pronunció su tercera palabra:
— Familia.
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