MARIDO CELEBRA EMBARAZO DE SU AMANTE EN DIVORCIO, PERO JUEZ SORPRENDE AL LEER LA PRUEBA DE ADN…

Mira lo que está publicando esa mujer. No puedo creer el descaro. Renata agradecía el apoyo, pero cada imagen era un recordatorio de su fracaso. En el hospital, algunos colegas la miraban con lástima, otros evitaban mencionarle nada personal, como si el divorcio fuera una enfermedad contagiosa. Renata sonreía, agradecía y seguía adelante, pero por dentro las grietas crecían. En febrero, tres meses antes de la audiencia de divorcio programada para mayo, Verónica Sandoval publicó una foto que cambió todo. Era una imagen de un test de embarazo positivo sobre una mesa blanca.

El pie de foto decía, “Nueva vida, nuevos comienzos. Gracias por hacerme la mujer más feliz, mi amor. Mauricio Rivas compartió la publicación en su propio perfil con un mensaje. Voy a ser papá de nuevo. La vida me sonríe. Renata leyó la noticia en su consultorio entre pacientes. Estaba revisando su teléfono durante un breve descanso cuando la notificación apareció en su pantalla. Sintió náuseas inmediatas. Mareo, una presión insoportable en el pecho que la obligó a sentarse. Su asistente entró al consultorio y la encontró pálida, respirando con dificultad.

Doctora, ¿está bien? Renata mintió. Sí, solo un poco de cansancio. Canceló sus citas de la tarde, inventó una excusa sobre un malestar estomacal y se fue a casa. Lloró toda la noche, sola en la habitación que alguna vez compartió con el hombre, que ahora celebraba una nueva familia como si ella nunca hubiera existido. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, hasta que solo quedaron soyosos secos y un vacío inmenso en el pecho. Fue el punto más bajo de su vida.

Renata comenzó a dudar de sí misma. Las preguntas la atormentaban durante las noches de insomnio. ¿Había sido suficiente? ¿Había sido buena esposa? ¿Por qué no fue capaz de mantener el interés de su propio marido? ¿Qué tenía Verónica que ella no tenía? ¿Era más bonita, más joven, más divertida? Renata se miraba al espejo y solo veía defectos. Arrugas incipientes alrededor de los ojos, canas escondidas entre el cabello castaño, un cuerpo que ya no era el de sus 20 años.

Dejó de comer bien, bajó de peso, las ojeras se instalaron permanentemente en su rostro. Sus colegas notaron el cambio, pero nadie se atrevía a preguntar directamente, “Ahora cuéntanos, ¿desde dónde estás viendo esta historia? desde México, Estados Unidos, España o algún otro lugar del mundo. Nos encanta leer sus comentarios y saber que nos acompañan en estas historias que tocan el corazón. Déjanos tu comentario aquí abajo. A finales de marzo, una mañana gris y húmeda en Guadalajara, Renata estaba en su consultorio revisando historiales clínicos cuando escuchó un alboroto en el pasillo.

Una mujer joven gritaba pidiendo ayuda. Su hija de 7 años, Sofía, había llegado al hospital con fiebre altísima, vómito persistente y un estado de debilidad preocupante. Renata salió de inmediato y recibió a la niña. El rostro de Sofía estaba pálido, los labios resecos, los ojos vidriosos. Renata la cargó en brazos y la llevó directamente a la sala de urgencias pediátricas. Ordenó análisis de sangre, hidratación intravenosa, antibióticos de amplio espectro. La madre de Sofía, una mujer llamada Claudia, de apenas 30 años, lloraba en la esquina de la sala.

Doctora, por favor, sálvela, es todo lo que tengo. Renata la tomó de las manos y le dijo con firmeza, voy a hacer todo lo que esté en mis manos. Confíe en mí. Durante las siguientes horas, Renata no se movió del lado de Sofía. Monitoreó cada signo vital, ajustó medicamentos, habló con especialistas. Los análisis revelaron una infección bacteriana severa que había atacado los riñones. Era grave, pero tratable si se actuaba rápido. Renata trabajó sin descanso. No pensó en Mauricio, no pensó en Verónica, no pensó en su divorcio.

Solo existía esa niña que necesitaba vivir. Al caer la noche, Sofía comenzó a estabilizarse. La fiebre bajó, los vómitos cesaron. Claudia abrazó a Renata con tanta fuerza que casi la hizo perder el equilibrio. Gracias, doctora. Gracias por no rendirse con mi niña. Renata sonrió cansada. Es mi trabajo. Pero Claudia negó con la cabeza. No, doctora, esto es más que trabajo. Usted tiene algo especial. Usted salva vidas porque realmente le importa y eso es raro en este mundo.

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