Luego, Claudia añadió algo que atravesó el corazón de Renata como un rayo de luz. Doctora, usted me salvó a mi hija el año pasado cuando nadie más creía que se recuperaría de aquella neumonía. Y ahora otra vez. Usted es más fuerte de lo que cree. Lo veo en sus ojos. Aunque estén cansados, siguen brillando. Renata se quedó sin palabras. No recordaba haber tratado a Sofía antes, pero revisó los archivos y efectivamente un año atrás había atendido a la misma niña durante una crisis respiratoria.
complicada. Había olvidado ese caso entre los cientos de pacientes que veía cada mes, pero Claudia no lo había olvidado. Para ella, Renata era un ángel. Y en ese momento Renata necesitaba escuchar eso. Necesitaba recordar que su vida tenía propósito más allá del dolor que Mauricio le había causado. Esa noche, de regreso en su casa vacía de sapopán, Renata se quedó parada frente al espejo del baño durante varios minutos. Se estudió con honestidad. vio las ojeras profundas, las líneas de preocupación en la frente, el cabello que necesitaba un corte, los labios apretados por meses de contener el llanto, pero también vio algo más.
Vio resistencia, vio dignidad, vio a una mujer que había soportado traición, humillación pública, desprecio y aún así seguía de pie. No estaba destruida, estaba herida, sí, pero no rota. Había una diferencia fundamental entre ambas cosas. Lo roto no puede repararse. Lo herido sana con tiempo. Renata tomó una decisión en ese momento frente a ese espejo. No se dejaría hundir más. Mauricio Rivas podía tener su nueva vida, su amante joven, su bebé en camino, pero él no se llevaría lo último que le quedaba.
su dignidad, su autoestima, su sentido de valor propio. Ya había llorado suficiente, ya había dudado suficiente de sí misma. Era hora de recordar quién era realmente. No la esposa abandonada, no la mujer traicionada, sino la doctora Renata Calderón, pediatra respetada, salvadora de vidas, profesional admirada. Esa era su verdadera identidad y nadie, mucho menos Mauricio, podía quitarle eso. A principios de abril, con una claridad mental que no había sentido en meses, Renata solicitó una cita urgente con su abogada.
La licenciada Patricia Domínguez tenía su bufete en una torre de oficinas en la Avenida Américas, uno de los despachos más prestigiosos de Guadalajara. Patricia era una mujer de 56 años, cabello corto y plateado, mirada penetrante, reputación implacable. Había ganado casos imposibles, había enfrentado a los abogados más agresivos de la ciudad y nunca jamás perdía la compostura. Desde el inicio del proceso de divorcio, Patricia había llevado el caso de Renata con profesionalismo, pero también con cierta frustración. Renata había sido demasiado pasiva, demasiado dispuesta a ceder, demasiado enfocada en terminar rápido para evitar más sufrimiento.
Patricia había intentado animarla a pelear más duro, pero Renata siempre decía que solo quería paz. Ese día de abril fue diferente. Renata entró a la oficina de Patricia con paso firme, sin la mirada caída de las visitas anteriores. Patricia lo notó de inmediato, se sentó frente a ella y esperó. Renata no perdió tiempo en cortesías. Patricia, necesito preguntarte algo importante. ¿Existe alguna forma legal de solicitar una prueba de paternidad antes de que nazca el bebé de Verónica Sandoval?
Patricia levantó las cejas sorprendida, dejó el bolígrafo que tenía en la mano y se reclinó en su silla. Renata, ¿por qué querrías hacer eso? ¿Qué te hace pensar que ese bebé no es de Mauricio? Renata respiró hondo antes de responder. No sé si es suyo o no, Patricia, pero conozco a Mauricio. Conozco su ego, su arrogancia, su necesidad constante de validación. ha estado usando ese embarazo como arma en este divorcio, diciendo que necesita más dinero porque va a ser padre de nuevo, que necesita la casa porque va a tener una familia y yo necesito saber la verdad porque si ese bebé no es suyo, quiero que lo sepa.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
