Esa mujer seguía ahí, enterrada bajo meses de dolor, pero intacta, y estaba volviendo a surgir. Amaneció el 15 de mayo. Renata despertó a las 5 de la mañana, aunque la audiencia era a las 10. Se duchó con agua fría para despejarse. Eligió su ropa cuidadosamente, un traje sastre azul marino, elegante pero sobrio, que proyectaba profesionalismo y seriedad. Se recogió el cabello castaño en un moño impecable, sin un solo mechón fuera de lugar. Se maquilló mínimamente. Corrector para las ojeras, rímel discreto, labial, nude.
No quería parecer que se había arreglado para impresionar a nadie. Solo quería verse como lo que era. Una mujer íntegra, digna, serena, no llevaba joyas llamativas, solo los aretes de perla que le había regalado su madre años atrás y un reloj sencillo. Se miró al espejo una última vez antes de salir. La mujer que le devolvía la mirada ya no era la misma que había llorado sola durante meses. Era alguien más fuerte, alguien que sabía que la verdad estaba de su lado y eso le daba una serenidad.
que ningún lujo ni apariencia podían comprar. El Palacio de Justicia de Guadalajara lucía imponente esa mañana del 15 de mayo. Era un edificio de arquitectura neoclásica ubicado en el centro histórico, con columnas altas y pasillos amplios que resonaban con cada paso. El sol entraba por los ventanales altos de la sala cuatro, iluminando el espacio con una claridad casi divina, como si la luz misma quisiera ser testigo de lo que estaba por suceder. Las bancas de madera pulida brillaban bajo los rayos matutinos.
El aire olía a papel viejo, madera barnizada y una mezcla de tensión humana acumulada durante décadas de casos legales. Renata llegó 15 minutos antes de la hora señalada, acompañada de Patricia Domínguez. Llevaba su traje sastre azul marino impecable, el cabello recogido, los zapatos de tacón bajo que le daban altura sin sacrificar comodidad. caminó con paso firme pero sereno, saludando con un gesto discreto al personal de seguridad que custodiaba la entrada. Patricia iba a su lado con su portafolio de piel cargado de documentos, lista para cualquier eventualidad.
Entraron juntas a la sala. Renata eligió el lado izquierdo de la mesa asignada a su defensa. Se sentó en silencio, colocó las manos sobre la superficie de madera y respiró profundo. No había nerviosismo visible en su rostro, solo concentración. Patricia se inclinó hacia ella y susurró, “Renata, pase lo que pase hoy. Recuerda que ya ganaste. Recuperaste tu dignidad. Eso nadie te lo quita.” Renata asintió levemente, agradecida por las palabras, pero su mente estaba enfocada en lo que vendría.
Sabía que los resultados de la prueba de paternidad estaban en manos del juez. sabía que en cuestión de minutos la verdad saldría a la luz y esa verdad, fuera cual fuera, cambiaría todo. La sala comenzó a llenarse lentamente. Algunos asistentes eran estudiantes de derecho que acudían a observar casos reales como parte de su formación. Otros eran periodistas que habían seguido el caso debido al perfil público de Mauricio Rivas, un empresario conocido en los círculos sociales de Guadalajara.
Las cámaras no estaban permitidas dentro de la sala, pero afuera del edificio había reporteros esperando declaraciones. El caso había generado interés porque Mauricio había sido imprudente en redes sociales, presumiendo su nueva relación y su futura paternidad sin ningún recato. La gente amaba ver caer a los arrogantes. A las 10 en punto, exactamente a la hora señalada, Mauricio Rivas entró al tribunal. No venía solo. Verónica Sandoval caminaba a su lado, tomada firmemente de su mano como una declaración pública de unidad.
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