Todo eso estaría dentro de mis posibilidades y según las reglas del mundo en el que vivimos, estaría justificado. Rodrigo sintió que el pánico se apoderaba de él. Comenzó a temblar visiblemente. Por favor, don Pablo, le ruego que tenga piedad. Mi madre no tiene a nadie más. Yo haré lo que sea, lo que usted me pida. Trabajaré para usted sin cobrar.
Seré su esclavo si es necesario, pero por favor no me mate. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Rodrigo. Toda su fachada de hombre duro se había desmoronado completamente. Pablo observó aquella demostración de vulnerabilidad con expresión inescrutable. Después de un silencio que pareció eterno, habló nuevamente.
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