Rodrigo le había dicho simplemente que era seguridad privada para un empresario importante. Su rutina consistía en turnos de 8 horas vigilando el edificio, controlando el acceso de visitantes, realizando rondas periódicas y reportando cualquier actividad sospechosa. El salario era considerablemente mejor que lo que ganaba antes como matón de barrio.
Por primera vez en su vida, Rodrigo podía ayudar económicamente a su madre de manera significativa, pagar las cuentas a tiempo e incluso ahorrar algo de dinero. Pero lo más importante era que estaba aprendiendo disciplina y responsabilidad. Durante esos meses, Rodrigo tuvo varias oportunidades de observar a Pablo Escobar en su vida cotidiana.
El narcotraficante visitaba ocasionalmente el edificio para reuniones con socios o simplemente para verificar que todo funcionara correctamente. Rodrigo notó que Pablo era meticuloso en los detalles. Preguntaba por el bienestar de sus empleados. Recordaba nombres y circunstancias personales. Era un líder que inspiraba lealtad, no solo por miedo, sino también por respeto.
Una tarde Pablo llegó al edificio acompañado de sus hijos, Juan Pablo y Manuela, para recoger algunos documentos. Los niños jugaban en el lobby mientras su padre atendía asuntos. Rodrigo observó cómo Pablo interactuaba con ellos. Era cariñoso, paciente, un padre devoto. Aquella imagen contrastaba dramáticamente con la reputación del hombre como criminal despiadado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
