Aunque su trabajo no lo involucraba directamente en el narcotráfico, era imposible ignorar la realidad. Los rumores circulaban constantemente. Cargamentos interceptados, rivales eliminados, políticos asesinados, jueces amenazados. El imperio de Pablo se sostenía tanto sobre actos de generosidad como sobre ríos de sangre. Un día, Gustavo le confió a Rodrigo durante una pausa.
Mira, muchacho, tú suerte. El patrón te perdonó porque vio algo en ti. No sé qué, pero algo. Yo he visto a hombres morir por ofensas mucho menores. Mi consejo es que hagas tu trabajo, cobres tu salario, cuides a tu madre y no hagas preguntas sobre cosas que no te conciernen.
Hay gente aquí que lleva años trabajando y sigue viva precisamente porque entiende esos límites. Rodrigo agradeció el consejo y lo siguió al pie de la letra. Se concentró en ser el mejor empleado de seguridad posible. Llegaba puntual, nunca faltaba. Era cortés con todos. Mantenía su área de trabajo impecable. Lentamente fue ganándose la confianza de sus superiores.
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