Durante el evento, Pablo tomó un micrófono y se dirigió a la multitud. Hermanos y hermanas del barrio popular, estoy aquí porque ustedes son mi gente. Yo vengo de barrios como este, conozco las dificultades, las necesidades, los sueños. El gobierno nos ha abandonado, pero nosotros no nos abandonaremos entre nosotros.
Esta cancha es para sus hijos, para que tengan un lugar donde jugar, donde soñar con ser futbolistas profesionales, donde mantenerse alejados de los vicios y la violencia. Yo seguiré construyendo escuelas, canchas, casas, porque ustedes se lo merecen. La multitud estalló en aplausos y vítores. Pablo, Pablo, Pablo, coreaban. Rodrigo, desde su posición en el perímetro de seguridad sentía emociones contradictorias.
Conocía a muchas de aquellas personas, había crecido con ellas. Veía la genuina gratitud en sus rostros. Para ellos, Pablo era un héroe. Pero Rodrigo también sabía la verdad completa. Aquel dinero provenía de la cocaína que destruía vidas en otros países, de la violencia que había cobrado miles de víctimas.
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