Era una generosidad construida sobre cimientos de sangre. Durante la ceremonia, una anciana se acercó a Pablo. Era la señora Mercedes, una vecina que Rodrigo conocía desde niño. Ella había perdido a su esposo años atrás y vivía en la pobreza extrema. Con lágrimas en los ojos, tomó las manos de Pablo y le dijo, “Don Pablo, que Dios lo bendiga por todo lo que hace por nosotros. Usted es un santo.
Pablo con genuina humildad respondió, no soy ningún santo, señora. Solo soy un hombre que intenta ayudar como puede. Después de la ceremonia oficial, Pablo se quedó varias horas más en el barrio. Visitó casas, compartió con familias, jugó fútbol con los niños en un terreno valdío.
Rodrigo lo observaba todo, fascinado por la capacidad de Pablo para conectar con la gente común. No había arrogancia en su comportamiento, no había distancia. Era como si realmente fuera uno más de ellos, a pesar de ser multimillonario. En un momento, Pablo se acercó a donde estaba Rodrigo. Este es tu barrio, ¿verdad?, le preguntó. Rodrigo se sorprendió de que Pablo lo recordara.
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