Rodrigo fue seleccionado como parte del equipo de seguridad para el evento. Un honor que indicaba la confianza que Pablo había depositado en él después del incidente del tiroteo. La preparación para la fiesta comenzó con semanas de anticipación. Pablo no escatimaba en gastos cuando se trataba de sus hijos.
Contrató a los mejores animadores de Medellín. ordenó la construcción de un castillo inflable gigante. Trajo un pequeño circo completo con payasos, malabaristas y hasta un mago. Había mesas repletas de comida, lechona, tamales, empanadas, frutas tropicales y, por supuesto, una torta de cinco pisos decorada con personajes de Disney. El día de la fiesta, la Hacienda Nápoles se transformó en un parque de diversiones.
Llegaron más de 200 invitados, familiares, amigos cercanos, hijos de empleados de confianza y algunos niños de barrios pobres que Pablo había invitado personalmente. Para él era importante que su hija creciera con conciencia social, que entendiera que había niños menos afortunados.
Rodrigo observaba todo desde su posición en el perímetro de seguridad. Ver a Pablo Escobar, el hombre más buscado del mundo, jugando con niños, pintándose la cara, riendo sin preocupaciones. Era una imagen que contrastaba violentamente con la realidad de su imperio criminal. En aquel momento, Pablo era simplemente un padre amoroso celebrando el cumpleaños de su hija.
Manuela, una niña hermosa, de cabello oscuro y ojos brillantes, era claramente la princesa de su padre. Pablo la cargaba en brazos, le cumplía cada capricho, la miraba con adoración absoluta. María Victoria, su esposa, también estaba presente supervisando que todo saliera perfecto.
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