El encuentro con el político le había mostrado la verdadera extensión del poder de Pablo Escobar. No era solo un narcotraficante, era alguien que había infiltrado las más altas esferas del gobierno colombiano. Tenía congresistas, jueces y policías en su nómina. era un estado dentro del estado.
Rodrigo comenzaba a comprender que había entrado en un mundo mucho más complejo y peligroso de lo que había imaginado inicialmente. Ya no era solo un empleado de seguridad, era parte de una maquinaria que movía los hilos del poder en Colombia. Y aunque Pablo lo trataba bien, aunque le pagaba generosamente, Rodrigo sabía que estaba atrapado. No había salida fácil de aquel mundo.
Una vez dentro de la organización de Pablo Escobar, salir vivo era casi imposible. Habían pasado casi dos años desde aquella noche fatídica en el bar cuando Rodrigo derramó cerveza sobre Pablo Escobar. En ese tiempo, Rodrigo había ascendido en la organización. Ganaba bien. Su madre vivía cómodamente y él había desarrollado habilidades que nunca imaginó tener.
Pero el precio de todo aquello comenzaba a pesar cada vez más en su conciencia. Una madrugada, Rodrigo recibió una llamada de emergencia. Debía presentarse inmediatamente en una bodega en las afueras de Medellín. Cuando llegó, encontró una escena que lo perturbó profundamente. Había tres hombres atados y amordazados en el suelo. Gustavo y otros miembros de seguridad estaban presentes.
Estos tres son informantes explicó Gustavo con expresión seria. Han estado pasando información al cartel de Cali sobre nuestras operaciones. Por su culpa, perdimos un cargamento valorado en 5 millones de dólares y murieron dos de nuestros hombres en una emboscada. El patrón ha ordenado su ejecución. Tú participarás. Rodrigo sintió que el mundo se detenía.
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