MATÓN DERRAMÓ CERVEZA SOBRE LA CABEZA DE ESCOBAR SIN SABER QUIÉN ERA. HASTA HOY SE ARREPIENTE…

Esto es necesario para mantener el orden. Ahora toma el arma y haz lo que tienes que hacer. Le extendieron una pistola con silenciador. Rodrigo la tomó con manos temblorosas. Se acercó al primer hombre, el más joven. Sus ojos se encontraron. En aquella mirada Rodrigo vio terror absoluto, pero también resignación.

El hombre sabía que no había escapatoria. Rodrigo apuntó el arma, pero su mano temblaba tanto que no podía mantenerla firme. Sudor corría por su frente. Su respiración era agitada. Pasaron segundos que parecieron horas. Finalmente bajó el arma. No puedo hacerlo dijo con voz quebrada. Lo siento, pero no puedo asesinar a un hombre indefenso.

Si eso significa que ya no sirvo para la organización. Que así sea, pero no puedo cruzar esta línea. El silencio en la bodega era absoluto. Los otros hombres presentes miraban a Rodrigo con expresiones que iban desde el desprecio hasta algo que podría ser respeto. Gustavo suspiró profundamente. “Espera aquí”, ordenó y salió de la bodega para hacer una llamada telefónica.

Rodrigo permaneció allí todavía sosteniendo el arma, sabiendo que probablemente acababa de firmar su propia sentencia de muerte. Si Pablo Escobar consideraba su negativa como traición o debilidad, no vería el amanecer. Después de 15 minutos angustiantes, Gustavo regresó. El patrón quiere verte ahora. Rodrigo fue transportado a una de las casas de seguridad de Pablo.

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