Lo hago porque en este negocio la debilidad se castiga con la muerte. Pero no disfruto de la violencia. La veo como una herramienta necesaria. Nada más. El hecho de que tú no puedas usarla no te hace débil, te hace diferente. Y necesito gente diferente en mi organización también, no solo asesinos. Rodrigo salió de aquella reunión con un nuevo trabajo y una nueva perspectiva.
Los tres traidores fueron ejecutados esa noche por otros miembros de la organización, pero Rodrigo no tuvo que participar. había mantenido su humanidad intacta, aunque sabía que el precio de trabajar para Pablo Escobar, incluso en capacidad legítima, seguía siendo su complicidad silenciosa con todo lo demás que sucedía.
Esa noche Rodrigo le contó a su madre que había cambiado de trabajo dentro de la misma empresa, que ahora supervisaría construcciones. Ella estaba feliz de que su hijo estuviera en algo menos peligroso. Rodrigo no le contó lo cerca que había estado de la muerte, ni el dilema moral que había enfrentado.
Algunos secretos era mejor llevarlos solo. Pasaron los años, la guerra contra Pablo Escobar se intensificó hasta niveles inimaginables. El bloque de búsqueda, los Pepes, el cartel de Cali, todos se unieron con el objetivo común de eliminar al narcotraficante más poderoso del mundo. Rodrigo, desde su posición en el departamento de construcción observaba como el imperio de Pablo se desmoronaba lentamente.
Las propiedades eran confiscadas, los socios asesinados o capturados, las rutas de narcotráfico desmanteladas. Pablo pasaba de escondite en escondite, cada vez más acorralado. Rodrigo lo vio en algunas ocasiones durante ese periodo. El hombre que alguna vez había sido el rey de Medellín, ahora lucía demacrado, paranoico, envejecido prematuramente por el estrés. Pero incluso en aquellas circunstancias Pablo seguía preocupándose por su gente.
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