MATÓN DERRAMÓ CERVEZA SOBRE LA CABEZA DE ESCOBAR SIN SABER QUIÉN ERA. HASTA HOY SE ARREPIENTE…

Se aseguraba de que las familias de sus empleados estuvieran protegidas y financieramente seguras. El 2 de diciembre de 1923, Rodrigo estaba supervisando la construcción de unas casas en el barrio popular cuando recibió la noticia por radio.

Pablo Escobar había sido abatido en un operativo en el barrio Los Olivos de Medellín. El hombre que había desafiado a gobiernos, que había construido un imperio criminal valorado en miles de millones de dólares, que había sido amado y odiado en igual medida. Había muerto en el tejado de una casa intentando escapar una vez más. Rodrigo sintió una mezcla de emociones. Tristeza, alivio, confusión. Pablo había sido su salvador y su condena.

Le había dado una segunda oportunidad cuando merecía la muerte, pero también lo había atrapado en un mundo de violencia y criminalidad, del cual era difícil escapar. Con la muerte de Pablo, la organización se desintegró rápidamente. Rodrigo, afortunadamente no fue perseguido por las autoridades.

Su participación había sido relativamente menor y en actividades mayormente legítimas. pudo continuar trabajando en construcción de manera independiente, usando las habilidades y contactos que había desarrollado. Los años siguientes fueron de reflexión profunda para Rodrigo. Ahora, décadas después de aquella noche en el bar, cuando derramó cerveza sobre la cabeza de Pablo Escobar, Rodrigo es un hombre de 60 años.

Su madre falleció hace tiempo, pero vivió sus últimos años con comodidad gracias al dinero que él pudo proveerle. Rodrigo nunca se casó, nunca tuvo hijos. Lleva una vida sencilla trabajando ocasionalmente en proyectos de construcción, viviendo en el mismo barrio popular donde creció. Frecuentemente visita la tumba de Pablo Escobar en el cementerio Jardines Montesacro.

Allí, frente a la lápida que lleva el nombre completo del narcotraficante, Rodrigo reflexiona sobre aquellos años extraordinarios de su vida. Don Pablo, susurra en esas visitas. Hasta hoy me arrepiento de lo que hice aquella noche, no del acto en sí, sino de la cadena de eventos que desencadenó. Usted me salvó la vida cuando pudo haberme matado.

Me dio oportunidades que nunca habría tenido de otra manera, pero también me mostró un mundo de violencia y contradicciones que marcó mi alma para siempre. Usted fue un hombre complejo, generoso y cruel, amoroso y despiadado, visionario y destructivo. Nunca he podido reconciliar esas contradicciones, ni en usted ni en mí mismo por haber sido parte de su mundo.

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