MATÓN DERRAMÓ CERVEZA SOBRE LA CABEZA DE ESCOBAR SIN SABER QUIÉN ERA. HASTA HOY SE ARREPIENTE…

Una anciana sentada a su lado intentó iniciar conversación, pero él apenas respondía con monosílabos, perdido en sus pensamientos. Recordaba su infancia cuando su padre, también un hombre violento, le había enseñado que en la vida había que imponerse por la fuerza. Ahora comprendía que aquella filosofía lo había llevado directamente al desastre.

Al llegar a Puerto Triunfo, Rodrigo preguntó cómo llegar a la hacienda Nápoles. Los lugareños lo miraron con una mezcla de curiosidad y lástima. Todos sabían quién era el dueño de aquella propiedad y qué tipo de negocios se manejaban allí. Un taxista se ofreció a llevarlo hasta la entrada principal.

Durante el corto trayecto, el conductor, un hombre de mediana edad con bigote espeso, le advirtió, “Muchacho, no sé qué asunto te lleva ya, pero ten cuidado. De esa hacienda algunos entran y nunca salen.” Rodrigo asintió en silencio, pagó la tarifa y descendió del vehículo. Frente a él se alzaba la imponente entrada de la hacienda Nápoles con su famosa avioneta Piper PA18 montada sobre el arco de entrada, el mismo avión que Pablo había utilizado en sus primeros envíos de cocaína.

Dos guardias armados con fusiles AK47 custodiaban el acceso. Rodrigo se acercó con las manos visibles tratando de no hacer movimientos bruscos. Vengo porque don Pablo me citó. dijo con voz temblorosa. Uno de los guardias habló por radio confirmando la información. Después de unos minutos que parecieron horas, le indicaron que pasara.

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