MATÓN DERRAMÓ CERVEZA SOBRE LA CABEZA DE ESCOBAR SIN SABER QUIÉN ERA. HASTA HOY SE ARREPIENTE…

Un jeep lo esperaba para transportarlo al interior de la propiedad. Mientras avanzaban por los caminos de la hacienda, Rodrigo pudo observar la magnitud del imperio de Escobar. Había construcciones lujosas, lagos artificiales y para su asombro animales exóticos, elefantes, jirafas, hipopótamos, cebras. Era como estar en un safari africano en medio de Colombia.

Pablo Escobar había convertido aquella propiedad de más de 3000 hectáreas en su refugio personal, un lugar donde podía ser el rey absoluto de su propio reino. El jeep se detuvo frente a una casa principal de estilo colonial, rodeada de jardines meticulosamente cuidados.

Rodrigo fue conducido a una sala de espera donde otros hombres, todos con expresiones tensas, aguardaban también ser recibidos. Algunos eran socios de negocios, otros empleados y probablemente algunos como él estaban allí para rendir cuentas por algún error. Las manecillas del reloj avanzaban con lentitud torturante.

Rodrigo observaba cada detalle de la habitación. Los cuadros en las paredes, los muebles de madera fina, el piso de mármol pulido, todo respiraba poder y riqueza. A las 10 en punto, un hombre alto y delgado, vestido con traje oscuro, apareció en la puerta y pronunció su nombre. Rodrigo se puso de pie, sintiendo que sus piernas apenas lo sostenían.

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