Era el momento de enfrentar las consecuencias de su acto imprudente de la noche anterior. Rodrigo fue conducido a través de un largo pasillo decorado con fotografías familiares de Pablo Escobar. En ella se podía ver al narcotraficante en momentos cotidianos jugando fútbol con sus hijos, abrazando a su esposa María Victoria, posando junto a sus animales exóticos.
Aquellas imágenes mostraban una faceta diferente del hombre que el mundo conocía como el criminal más buscado. Finalmente llegaron a una oficina espaciosa con grandes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la hacienda. Detrás de un escritorio de caoba maciza estaba sentado Pablo Escobar, vestido con ropa casual, jeans y una camiseta blanca.
fumaba un cigarrillo mientras revisaba unos documentos. A su lado, de pie, permanecían dos de sus hombres de confianza, ambos con expresiones impasibles. El hombre que había guiado a Rodrigo se retiró cerrando la puerta tras de sí. Pablo levantó la vista y observó a Rodrigo durante varios segundos sin decir palabra. Luego hizo un gesto señalando una silla frente al escritorio.
“Siéntate”, ordenó con voz tranquila pero firme. Rodrigo obedeció sintiendo como el sudor corría por su espalda a pesar del aire acondicionado que mantenía la habitación fresca. Pablo apagó su cigarrillo en un cenicero de cristal y se reclinó en su silla entrelazando las manos sobre su abdomen.
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