Me casé con la mujer equivocada: el ajuste de cuentas llegó 20 años después

Lena suspiró:

"No podemos empezar de nuevo. Pero podemos empezar con honestidad. Ahora."

Y por primera vez en muchos años, Víctor no sintió una opresión en el pecho, sino aire.

Epílogo: «2005. Los casamenteros confundieron a la novia... Y solo 20 años después comprendí cómo el destino se había vengado de todos ellos».
El destino no se venga a viva voz. No monta escenas espectaculares ni les grita en la cara a los culpables. Hace las cosas de otra manera: devuelve a cada uno lo que una vez sembró, en el momento más inesperado.

Los casamenteros, que no oyeron el nombre y decidieron "por el bien", dejaron esta vida vacía. El presidente, que usó su autoridad para intimidar, perdió el respeto al que se aferraba. Los padres, que temían la "vergüenza", comprendieron en su vejez que la vergüenza no reside en el amor, sino en la crueldad. Y la "hermosa" novia, que aceptó convertirse en el destino de otro, se quedó sin nada al intentar construir la felicidad sobre el dolor ajeno.

Y Víctor... Víctor vivió una vida que no le pertenecía durante veinte años, solo para finalmente comprender un día: el mayor castigo no es la pérdida del amor, sino la pérdida del coraje para defenderlo.

Y, sin embargo, el destino le dio una oportunidad. No se puede recuperar el pasado, pero tampoco se puede morir en el vacío. Bajo el abedul, en el viejo cenador donde dormían dos personitas, por primera vez en muchos años, Víctor no recordó aquella mañana con las casamenteras como una maldición.

La recordó como una lección.
Y se susurró a sí mismo:
"Si el amor sigue vivo, no puedes volver a entregárselo a desconocidos".

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