No era una marimacha. Era una mujer. Tranquila, madura, hermosa a su manera. Tenía dos hijos con ella: un niño y una niña, gemelos, de cinco años.
Etapa 8: El regreso de esa misma Lena y los ojos que Víctor nunca olvidó
Víctor la vio por casualidad cerca de la tienda. Llevaba un paquete, con dos niños saltando a su lado, tomados de la mano.
"Lena...", exhaló, y el mundo volvió a tambalearse.
Ella se detuvo. Lo miró, y no había ira en su mirada. Solo cansancio y cierta claridad.
"Hola, Vitya."
"Tú... ¿cómo estás?", le fallaron las palabras. "¿Dónde has estado?"
"Vivía", dijo simplemente. "Trabajaba en la ciudad." Luego me casé. Luego enviudé. Volví a casa de Baba Marya mientras criaba a los niños.
Los gemelos miraron a Víctor con curiosidad.
"¿Quién es?", preguntó la chica.
"Un vecino", respondió Lena en voz baja.
"Un vecino". Una sola palabra, y tanto silencio.
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