No tenía familia. Ni hijos. Pero tenía casa, ahorros y una vida de silenciosa gratitud. Se lo dejó todo a Noah.
No por lástima.
Por agradecimiento.
No era una fortuna, pero sí estabilidad. Una casa. Seguridad. Un futuro que no parecía que pudiera desvanecerse de la noche a la mañana.
Cuando visitamos la casa, Noah entró en la sala y se giró lentamente, abrumado.
“No sé cómo vivir en un lugar que no puede desaparecer”, dijo.
"Aprenderemos", le dije. "Hemos aprendido cosas más difíciles".
Al crecer, nadie nos eligió.
Pero un hombre vio bondad y decidió que importaba.
Finalmente.
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