Se sometió a una cirugía: arriesgada, brutal, con horas de espera.
Cuando la doctora salió, sonreía.
"Sobrevivió".
Lloré, porque en ese momento finalmente comprendí: este matrimonio no era un trato. Eran dos personas rotas que se encontraban en la oscuridad.
Pero la verdadera prueba aún esperaba.
Una noche, volví a tener el mismo sueño: un largo pasillo, una voz detrás de mí, piernas pesadas como piedras. La única diferencia fue que esta vez no me caí. Me detuve. Me giré.
Y me vi a mí misma.
Grité y me incorporé. Él despertó al instante.
"Vi algo", susurré.
Él asintió.
"Lo sabía. Tenía que suceder hoy o mañana".
Esa noche, ocurrió lo que él temía. Me levanté dormida y caminé hacia las escaleras, con los ojos abiertos, inconsciente.
Pero esta vez, él no estaba sentado en la silla.
Se paró frente a mí.
"Para", dijo.
Me detuve.
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