Me casé con un anciano rico para salvar a mi familia, pero en nuestra noche de bodas, no me tocó. Simplemente se sentó en la oscuridad y dijo: «Duerme. Quiero mirar». Su forma de decirlo me puso los pelos de punta... y a la mañana siguiente, comprendí que este matrimonio nunca se trató de dinero.**

Por primera vez, dormimos los dos a la vez.

Años después, cuando finalmente falleció en un sueño tranquilo, me senté a su lado y vi cómo su respiración se apagaba.

Sonreía.

Esta vez, no había miedo.

Lo supe: el peligro había pasado de verdad.

La lección fue simple, pero costosa:

A veces, el hombre que parece más extraño es el que más protege.

Y a veces, la única manera de enfrentarse al miedo... es tomar la mano de alguien y permanecer juntos.

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