Por primera vez, dormimos los dos a la vez.
Años después, cuando finalmente falleció en un sueño tranquilo, me senté a su lado y vi cómo su respiración se apagaba.
Sonreía.
Esta vez, no había miedo.
Lo supe: el peligro había pasado de verdad.
La lección fue simple, pero costosa:
A veces, el hombre que parece más extraño es el que más protege.
Y a veces, la única manera de enfrentarse al miedo... es tomar la mano de alguien y permanecer juntos.
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