Me interrumpió de inmediato.
"No. Pero el miedo no necesita lógica".
Entonces llegó la primera sorpresa real.
Una mañana, un sirviente me dijo que había estado de pie en lo alto de las escaleras en plena noche, con los ojos abiertos, sin reaccionar. Me había estado sujetando, empapada en sudor, impidiendo que me cayera.
Me miró y dijo, casi con desesperación:
"¿Ves? No me equivoqué".
Tenía miedo, de mí misma, de lo que se escondía en mi interior. Pero también vi algo nuevo en su miedo: no iba a dejar que me derrumbara.
"¿Por qué no duermes?", pregunté.
“Porque si me duermo”, dijo, “la historia se repite”.
Una noche se fue la luz. En la oscuridad, por primera vez, le tomé la mano. No la apartó.
Susurré: “¿Y si tengo miedo?”.
Me respondió como si hiciera una promesa:
“Entonces seguiré vigilando hasta la mañana”.
Y en esa misma oscuridad, me reveló otro secreto.
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