Me casé con un anciano rico para salvar a mi familia, pero en nuestra noche de bodas, no me tocó. Simplemente se sentó en la oscuridad y dijo: «Duerme. Quiero mirar». Su forma de decirlo me puso los pelos de punta... y a la mañana siguiente, comprendí que este matrimonio nunca se trató de dinero.**

Estaba enfermo. Le quedaba poco tiempo.

“No quería dejarte solo”, dijo, “en esta casa… en este mundo”.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

“¿Así que me compraste?”

Negó con la cabeza.

“No. Confié en ti… con mi mayor miedo”.

Algo extraño ocurrió después de eso. El miedo se volvió rutina. La rutina se convirtió en una especie de seguridad.

Y entonces se desplomó.

A la mañana siguiente, no había silla, ni pasos, ni un silencio vigilante. Solo sirenas y el hospital.

Las paredes blancas parecían una prisión. Los pitidos de la máquina, el olor a medicina, los zapatos apresurados; todo intensificaba mi miedo. Él yacía inconsciente, más viejo y más cansado de lo que nunca lo había visto.

Una doctora me llevó aparte.

"Su estado es crítico", dijo. "Corazón y mente. ¿Quién eres tú para él?"

Dudé, y en esa vacilación, me di cuenta de que este matrimonio ya no era "papel".

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.