Me desperté de un coma y escuché a mi hijo susurrar: "Cuando se vaya, encerraremos a mamá". Pero lo que hice después cambió por completo el futuro de nuestra familia.

Elegí un lugar con el que siempre había soñado despierta mientras corregía exámenes a altas horas de la noche: un pequeño pueblo en la costa de Oregón, donde...

El río Columbia se encuentra con el ancho y paciente océano. Un lugar que solo había visto en revistas de viajes y documentales cortos, donde los barcos de pesca salpicaban el agua y las colinas se cubrían de un verde intenso.

Astoria parecía otro mundo comparado con el calor seco de Phoenix. El aire olía a sal y pino. Las calles eran estrechas y montañosas, bordeadas de casas antiguas que parecían tener historias propias.

Alquilamos un modesto apartamento, lo suficientemente alto en la colina como para ver el río por la ventana. Las barcazas se movían lentamente por el agua, como si nada en el mundo pudiera apresurarlas.

Sin embargo, dentro del apartamento, todo parecía apresurado.

Pasé la primera semana en el sofá, con el cuerpo aún débil y las piernas temblorosas. Maggie iba silenciosamente de una habitación a otra, deshaciendo las pocas maletas que habíamos traído, respondiendo llamadas de números desconocidos y dejándolas sin respuesta.

Por la noche, permanecía despierta a mi lado, mirando al techo. Podía sentir la tensión en sus hombros, incluso en la oscuridad. A veces su mano buscaba la mía, solo para asegurarse de que seguía ahí.

La libertad era real: estábamos lejos de cualquiera que nos conociera, lejos de la casa que nuestros hijos ya estaban dividiendo mentalmente, pero la sensación de traición no desapareció solo porque la vista cambiara.

Una tarde, mientras intentaba servir café con una mano que aún temblaba, Maggie habló en una voz tan baja que casi la perdí.

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