Me estaba abotonando el abrigo para ir al funeral de mi marido cuando mi nieto irrumpió en el garaje, pálido como un fantasma. "¡Abuela, no arranques el coche! ¡Por favor, no!"

Helen intentó pensar con claridad.

“¿Quién entró en el garaje? ¿Quién tiene llaves?”

La lista era corta: sus dos hijos, Anna y David; su nuera, Laura; y el propio Lucas. Nadie más.

Se le revolvió el estómago.

Lucas miró al suelo.

“Oí algo más anoche”, murmuró. “Mamá y el tío David estaban discutiendo en la cocina. No sabían que estaba en las escaleras. Les oí decir que… que cuando firmaras los papeles hoy, todo sería más fácil”.

“¿Qué papeles?”, preguntó Helen, confundida.

Lucas levantó la vista.

“Los papeles del seguro de vida del abuelo. Decían que tenías que ‘cooperar’. Y si no lo hacías… tenían un plan”.

Helen sintió un escalofrío. Recordó lo insistente que había sido Anna en que…

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