Cuando mi prima Sofía me llamó tres semanas antes de su boda, supe que algo andaba mal. Tenía esa voz suave que usaba cuando iba a pedirme algo incómodo.
—Mari, te quiero mucho, ya lo sabes —empezó.
—Sofía, ¿qué pasa?
—Es que… bueno, las fotos. El fotógrafo es carísimo y mamá quiere que todo se vea perfecto y…
Se me heló la sangre.
—Dilo de una vez.
—¿Podrías usar un vestido largo? Ya sabes, que cubra… tu pierna. O tal vez quedarte sentada durante las fotos importantes. Es solo que la prótesis se nota mucho y…
Colgué. Lloré. Luego llamé a mi mejor amiga, Paula.
—¿Me está diciendo que mi pierna arruina sus fotos perfectas? —grité por teléfono—. ¡Perdí mi pierna en un accidente hace dos años! ¡Ella estuvo ahí en el hospital!
—Es una imbécil —dijo Paula sin rodeos—. ¿Vas a ir?
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