Mi prótesis era una obra de arte. Lucía había trabajado durante dos semanas, transformándola completamente. La pieza de titanio estaba cubierta con un jardín tridimensional: rosas pintadas a mano, enredaderas doradas que subían por la estructura, pequeñas mariposas de metal que parecían posarse en las flores. Había aplicado una técnica de resina transparente que hacía que todo brillara bajo la luz. En la parte del tobillo, había grabado una frase en letras doradas: “La belleza no pide permiso”.
—Mamá —dije con calma—. Me pidieron que no mostrara mi prótesis. No me pidieron que no viniera siendo yo misma.
Cuando entré a la iglesia, se hizo un silencio absoluto. Pude ver a Sofía en el altar, su rostro pasando del shock a algo que no supe identificar. Su madre, mi tía Beatriz, me fulminó con la mirada.
Caminé hacia mi asiento. Cada paso era deliberado. La prótesis brillaba.
—Dios mío —escuché susurrar a alguien—. Es hermosa.
Durante la ceremonia, noté las miradas. Algunas de desaprobación, sí. Pero muchas otras de asombro. Una niña pequeña no dejaba de voltear para verme, hasta que su madre le susurró que prestara atención.
En la recepción, evité a Sofía. No sabía qué decirle. Pero ella vino a buscarme.
—María, necesitamos hablar —su voz temblaba.
—No hay nada que hablar.
—Por favor.
La seguí a una terraza vacía. Bajo las luces de la fiesta, sus ojos estaban rojos.
—Lo siento —dijo—. Dios, lo siento tanto. No sabes cuánto me arrepiento de esa llamada.
—¿Entonces por qué lo dijiste?
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