—¡Porque tenía miedo! —explotó—. Miedo de que la gente hablara de otra cosa que no fuera mi vestido o las flores o lo perfecta que se suponía que debía ser todo. Miedo de que alguien dijera que mi boda fue “esa donde estaba la chica con la prótesis” en lugar de “la boda hermosa de Sofía”.
—Y ahora será “la boda donde la prima apareció con una prótesis increíble” —dije con amargura.
—No —me interrumpió—. Será la boda donde aprendí que le tenía más miedo al qué dirán que a lastimar a la persona que me defendió de los bullies en la secundaria. La que me enseñó a ser fuerte cuando papá se fue. Mi hermana en todo menos en sangre.
Se le quebró la voz.
—Eres hermosa, Mari. Siempre lo has sido. Y yo fui tan cobarde que preferí la aprobación de un fotógrafo caro que tu dignidad. No espero que me perdones hoy. Solo… solo quería que lo supieras.
Antes de que pudiera responder, se abrió la puerta de la terraza. Era la coordinadora de eventos.
—Disculpen, pero hay como veinte personas preguntando por la señorita de la prótesis decorada. Una reportera de una revista local quiere una entrevista y…
—¿Qué? —dijimos Sofía y yo al unísono.
Resultó que una invitada había subido una foto a Instagram. En dos horas, se había vuelto viral. Los comentarios eran abrumadores:
“Esto es arte verdadero.”
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