Me pidieron que no mostrara mi prótesis en la boda”

Las fotos salieron en la revista tres semanas después. No eran solo de la boda; incluían mi historia, el proceso de creación de la prótesis, y sí, algunas imágenes de Sofía y yo abrazadas, riendo, mi pierna decorada brillando entre el tul de su vestido.

El titular decía: “Redefiniendo la belleza: Una prótesis, una boda y una conversación necesaria.”

La controversia no se detuvo. Nos entrevistaron en un programa de radio local. Una mujer llamó llorando, diciendo que había escondido su prótesis de brazo durante años y que ahora su hija le estaba pintando flores. Otra llamó furiosa, insistiendo en que yo había sido egoísta, que el día de una novia es sagrado.

—¿Y el día de una persona con discapacidad? —respondí en vivo—. ¿Cuándo es sagrado ese? ¿Por qué mi existencia debe ser menos importante que la estética de alguien más?

Lucía empezó a recibir pedidos. Personas con prótesis de todo el país querían que las decorara. Abrió un pequeño estudio. Yo la ayudaba algunos fines de semana.

Mi relación con Sofía cambió. Fue doloroso, honesto, pero se reparó. No instantáneamente, pero con tiempo.

—¿Sabes qué es lo más loco? —me dijo meses después, mientras tomábamos café—. Que todo el mundo recuerda mi boda. No por el vestido de diseñador o las flores importadas. La recuerdan por lo que pasó. Por la conversación que iniciaste.

—No fue mi intención.

—Lo sé. Pero tal vez eso es aún más importante.

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