Dos años después, recibí un mensaje de una chica de dieciséis años. Se llamaba Andrea. Me envió una foto: su prótesis de pierna estaba decorada con constelaciones y planetas, como si llevara el universo en la piel.
“Gracias por enseñarme que no tengo que esconderme”, decía el mensaje.
Guardé esa foto. La miro cuando dudo, cuando me preguntan si valió la pena el conflicto, las miradas, los comentarios.
Porque al final, no se trataba de una boda o de una prótesis decorada.
Se trataba de decidir en qué mundo quería vivir: uno donde me escondiera para la comodidad de otros, o uno donde existiera completa, visible, sin disculpas.
Elegí el segundo.
El estudio de Lucía ya no era pequeño. Ahora tenía tres sucursales en distintas ciudades, y un cartel luminoso que decía: “La belleza no pide permiso”.
Cada vez que pasaba frente al letrero, sentía un nudo en la garganta.
Yo seguía trabajando como fisioterapeuta, ayudando a personas recién amputadas. A veces me pedían que les contara mi historia; otras, simplemente querían que las escuchara llorar sin ser juzgadas.
Aprendí que sanar no siempre significa “volver a ser como antes”, sino encontrar una nueva forma de ser entera.
Un día recibí una invitación.
Era de una fundación internacional que organizaba una exposición sobre “Arte y cuerpo humano”. Querían incluir mi prótesis en la muestra.
No sabía si reír o llorar. Llamé a Sofía.
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