—¿Recuerdas cuando me pediste que la escondiera? —le dije riendo.
—Sí —contestó, sonrojada—. Y ahora la quieren poner en un museo.
Viajamos juntas a Madrid para la inauguración. Cuando quitaron el velo de cristal y vi mi antigua prótesis expuesta, sentí algo indescriptible. No orgullo, ni vanidad.
Era paz.
Una niña en silla de ruedas se acercó con su madre.
—¿Eres la señora del jardín en la pierna? —preguntó con timidez.
Asentí.
—Mi mamá dice que soy diferente. Pero si tú puedes brillar, yo también puedo, ¿verdad?
Me agaché a su altura y le sonreí.
—Claro que sí, cielo. No hay nada que esconder cuando lo que llevas es luz.
Sofía me abrazó por detrás, llorando en silencio.
Esa noche, mientras veíamos las luces del museo reflejadas en el cristal, me di cuenta de algo: a veces la belleza no cambia el mundo de golpe… solo enciende una chispa que otros seguirán.
Y esa chispa —una simple pierna cubierta de flores— ya había encendido miles.
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