—Es un niño —anunció el doctor, colocando al bebé sobre el pecho de Clara.
Tenía el cabello oscuro y los puños cerrados, como si ya estuviera listo para pelear por la vida.
—Hola, Gabriel —susurró ella, besándole la frente—. Tu padre te está esperando.
Agotada, Clara pidió una sola cosa:
—Llévenme con Augusto. Por favor.
Contra los consejos del médico, se levantó, apoyada en Mercedes y en la gobernanta. Gabriel, envuelto en mantas, iba en los brazos de su tía. Paso a paso, avanzaron hasta el cuarto del hacendado.
Augusto parecía una sombra de sí mismo. La respiración era débil, los ojos hundidos. Pero cuando oyó la voz de Clara, logró abrirlos.
—Aquí está —dijo ella, acercando al bebé—. Este es tu hijo. Gabriel Augusto Valente.
Con un esfuerzo enorme, Augusto alzó una mano y rozó la mejilla del niño. Una sonrisa pequeña, pero luminosa, se dibujó en sus labios.
—Fuerte… —susurró—. Como su madre… Gabriel… Sé justo. Sé tierno…
Clara agarró su mano.
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