Los años que siguieron fueron de trabajo duro y cambios valientes. Clara abrió una pequeña escuela en la hacienda para los hijos de los trabajadores, contrató a una maestra, organizó un dispensario con visitas regulares del doctor, creó una especie de pensión para los peones ancianos. Muchos la llamaban loca; otros, blanda. Pero las cosechas eran abundantes, la gente trabajaba con más empeño que nunca, y el nombre Valente empezó a asociarse no sólo con riqueza, sino con justicia.
Gabriel creció entre libros y surcos de tierra. A los quince años, conocía de memoria los caminos de la hacienda y los nombres de todos los peones. Sabía leer los contratos y escuchar las historias de los más viejos. Cada año, en el aniversario de la muerte de Augusto, madre e hijo subían a la colina con flores blancas.
Cuando cumplió dieciocho, Gabriel le dijo a Clara:
—Quiero ir a la capital a estudiar derecho. Quiero aprender leyes para proteger lo que papá construyó… y para defender a gente que no tiene voz.
A Clara le dolió el corazón de sólo imaginar la casa sin él, pero también sintió un orgullo que le calentó el pecho.
—Tu padre estaría orgulloso —dijo—. Y yo también.
Meses antes de irse, Gabriel encontró los cuadernos donde Clara había escrito, año tras año, la historia de la hacienda. También encontró la caja con las cartas que Augusto le había dejado: una para cada cumpleaños que no pudo ver. Pasó noches enteras leyéndolas, llorando y riendo con un padre al que nunca abrazó, pero que, de algún modo, lo había acompañado siempre.
—Él me conocía sin conocerme —dijo, conmovido—. Sabía el tipo de hombre que yo podría llegar a ser.
El día que subieron juntos al cementerio, antes de su partida, Gabriel se arrodilló frente a la tumba de Augusto con los cuadernos en la mano.
—Padre —dijo—, me voy a estudiar. Prometo volver más preparado para cuidar de todo esto como tú querías. Y también prometo algo más: haré que el apellido Valente signifique justicia, no sólo poder.
Clara lo escuchó con los ojos llenos de lágrimas. Pensó en aquella muchacha de veinte años que aceptó un matrimonio sin amor para salvar a su tía. Si pudiera hablar con ella ahora, le diría: “Resiste. Lo que hoy te parece humillación, mañana será raíz de algo grande”.
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