Me queda un año de vida… ¡Cásate conmigo, dame un heredero y te quedarás con TODO!, dijo el granjero

Pasaron veinte años desde aquella primera carta con el lacre rojo. En una tarde de febrero, ya con cuarenta años, Clara se sentó en la veranda de la casa grande y miró el valle teñido de naranja. Gabriel había vuelto como abogado. Trabajaba en la hacienda y, además, defendía a campesinos pobres en los tribunales, muchas veces sin cobrar.

—Mãe —le dijo una tarde, usando la palabra que había heredado de las nanas y peones—, quiero preguntarte algo, pero necesito que seas sincera. ¿Te arrepientes de haber aceptado la propuesta de papá?

Clara guardó silencio un instante. El viento traía el aroma de la lavanda como un recuerdo antiguo.

—Me arrepiento del dolor que causó al principio —respondió despacio—. De las lágrimas que lloré sintiéndome vendida, del poco tiempo que tuvimos juntos. Pero si me preguntas si cambiaría lo que vino después… no. No cambiaría conocerte a ti, ni haber descubierto que podía ser más que una costurera pobre. No cambiaría haber aprendido a mandar con justicia ni haber amado a tu padre como lo amé, aunque fuera por poco tiempo.

Gabriel apretó su mano.

—Ustedes dos me enseñaron algo —dijo—: que ni los matrimonios arreglados ni las historias de cuento definen el amor, sino lo que uno hace cada día por el otro. Tuviste el valor de convertir un trato frío en una vida llena de sentido.

Clara sonrió, con lágrimas brillándole en los ojos, pero sin tristeza.

—La vida no nos da lo que merecemos, hijo —dijo—. Nos da lo que nos da. Y lo único que podemos elegir es qué hacemos con eso. Yo elegí convertir el miedo en decisión, la humillación en dignidad, un acuerdo desesperado en un legado de amor y justicia. Eso basta para que, cuando cierre los ojos algún día, pueda decirme a mí misma: viví bien.

Mientras el sol se escondía detrás de las montañas y las risas de los trabajadores llegaban desde la casa comunal que ella misma mandó construir, Clara apoyó la mano sobre el pecho. Sentía el corazón fuerte y tranquilo. Tal vez el destino la había llevado por un camino torcido y doloroso, pero al final había tejido, puntada a puntada, una historia que valía la pena contar. Y en algún lugar, más allá de ese cielo que se teñía de rosa, le gustaba imaginar que Augusto sonreía, orgulloso de la costurera que se convirtió en dueña de su propio destino.

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