Me queda un año de vida… ¡Cásate conmigo, dame un heredero y te quedarás con TODO!, dijo el granjero

Por la noche, cuando su tía por fin se durmió, Clara sacó de debajo del colchón un cuaderno viejo. Sentada en el borde de la cama, escribió con la pluma temblorosa sobre su miedo, su impotencia, esa sensación de estar sosteniendo un techo que se caía a pedazos con las manos desnudas. “La vida es una costura imperfecta —escribió—. Los hilos se rompen justo cuando más necesitamos que se mantengan firmes”.

Mientras la tinta se secaba, un viento frío vino del norte, trayendo el olor lejano de las tierras de la Fazenda Valente, la hacienda más grande y próspera de la región. Clara no podía imaginar que de esa misma dirección, y mucho antes de que llegara el invierno, vendría algo más que un aire helado: una propuesta imposible que pondría a prueba todo lo que creía sobre la dignidad, el amor y el sacrificio.

A la mañana siguiente, cuando el rocío aún brillaba sobre las hojas de su pequeña huerta, Clara oyó el galope de un caballo en la carretera. Salió a la puerta con el corazón encogido. No estaba acostumbrada a visitas.

El mensajero, con el uniforme discreto de los empleados de la Fazenda Valente, le entregó un sobre de papel grueso, sellado con un lacre rojo donde se entrelazaba una letra V.

—El señor Dom Augusto Valente solicita una respuesta antes del mediodía de mañana —dijo con respeto—. Esperará a la señorita para una audiencia, si acepta.

Clara sostuvo el sobre como si tuviera entre las manos un pájaro herido. No sabía si debía protegerlo o dejarlo escapar. Cuando el jinete se alejó, se sentó a la mesa y abrió el lacre con dedos temblorosos. La carta, escrita con letra firme, era breve y formal: el dueño de la hacienda más poderosa del valle la invitaba a la casa grande para tratar un asunto de “naturaleza particular y urgente”.

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