—¿Qué querrá contigo ese hombre? —preguntó Mercedes, desde su silla de madera, con los ojos entrecerrados—. Gente como él no manda cartas a costureras por capricho.
—No lo sé, tía —contestó Clara—. Pero mañana lo averiguaré.
Aquella noche no durmió casi nada. Imaginó mil posibilidades: que hubiese algún problema con un trabajo antiguo, que la señora de la casa grande pidiera algo especial, que necesitaran más manos en la cocina. Pero, en el fondo, la solemnidad del mensaje le decía que era algo más que eso. Algo que no sería sencillo.
Al día siguiente, Clara vistió su mejor vestido, uno azul marino que Mercedes había cosido para ella dos años atrás. Se recogió el cabello en un moño sencillo y, al mirarse en el pequeño espejo agrietado, vio a una joven común, de rasgos delicados pero sin ninguna belleza espectacular. Lo único que destacaba eran sus ojos, donde se acumulaban preguntas que nadie escuchaba.
El camino hasta la Fazenda Valente duró cuarenta minutos. A medida que avanzaba, la tierra se volvía más verde, los campos más cuidados, las cercas mejor construidas. Al final, la casa grande apareció sobre una colina, sólida como una nave de piedra anclada en medio de un mar de trigo.
La recibió doña Eulália, la gobernanta de cabello blanco y moño severo.
—El señor la espera en el despacho, señorita Clara. Por aquí.
Los pasillos olían a madera antigua y cera de abeja. Ante una puerta de roble oscuro, la gobernanta llamó suavemente y la abrió. Allí, de pie junto a la ventana, estaba Dom Augusto.
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