Tenía unos cuarenta y tantos, alto, de hombros anchos. El cabello oscuro empezaba a mancharse de canas y su rostro mostraba la dureza de alguien acostumbrado a mandar, pero también un cansancio profundo. La piel tenía un matiz amarillento, y sus manos temblaban apenas.
—Señorita Clara, gracias por venir —dijo con una voz grave y cortés—. Lo que voy a decirle requiere que esté cómoda. Por favor, tome asiento.
Clara se sentó, las manos entrelazadas en el regazo, el corazón golpeándole el pecho como un pájaro atrapado.
—Seré directo —continuó él—. Me estoy muriendo. El doctor me ha dado entre ocho y diez meses de vida. No tengo herederos. Cuando yo muera, todo esto —señaló con la cabeza hacia las ventanas, hacia los campos— pasará a manos de mi primo Rodolfo, un hombre cruel y deudor, que venderá la hacienda en pedazos para pagar sus vicios. Las familias que dependen de estas tierras quedarán desamparadas.
Hizo una pausa. Clara no parpadeaba, pero sentía el suelo moverse bajo sus pies.
—Por eso —dijo al fin— voy a hacerle una propuesta que sé que sonará absurda, incluso ofensiva. Pero es la única salida que encontré.
El silencio pesó entre los dos, roto apenas por el tic-tac de un reloj de pared.
—Quiero que se case conmigo —soltó, con una calma que dolía—. Quiero que me dé un hijo, un heredero legítimo. A cambio, la aseguraré de por vida: tendrá casa, una renta suficiente, y su tía recibirá todos los cuidados médicos que necesite. Todo por escrito, todo legal. No le prometo amor ni romance. Le prometo un acuerdo honesto entre dos personas desesperadas por motivos distintos.
Las palabras giraron en la cabeza de Clara como hojas atrapadas en un remolino: matrimonio, hijo, acuerdo, herencia. Tardó en recuperar la voz.
—¿Por qué yo? —logró murmurar.
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