—Acepto su propuesta, Dom Augusto —dijo, con la voz más serena de lo que se sentía por dentro—. Pero tengo condiciones.
Él la miró con interés.
—Dígalas.
—Quiero que el mejor médico vea a mi tía hoy mismo. Quiero que ella viva en la propiedad, cerca de mí. Y quiero… —tomó aire— acceso a sus libros. A su biblioteca. Quiero seguir aprendiendo.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro cansado de Augusto.
—Será como dice —respondió—. Hoy mismo veré al doctor. Su tía tendrá una casita cerca de los jardines. Y en cuanto a la biblioteca… considérela suya.
La semana siguiente hubo una boda sencilla en la pequeña capilla de São Miguel. No hubo vestido blanco ni flores ni música. Sólo un sacerdote viejo, dos testigos, Mercedes sentada en el banco de atrás… y un “sí” que le supo a sal a Clara. No hubo beso en el altar. Sí un anillo de oro simple y un contrato firmado con letras temblorosas.
Esa noche, en el cuarto amplio de la casa grande, los cuerpos cumplieron el pacto con torpeza y pudor. Augusto fue respetuoso, casi distante. Antes de irse, besó la frente de Clara y susurró:
—Perdóname.
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