Los primeros días fueron extraños. Clara se despertaba en una cama demasiado grande, rodeada de muebles caros que no sentía como suyos. En la mesa larga del comedor, la distancia entre ella y Augusto era casi tan grande como la que había existido entre sus mundos de origen. Él cenaba en silencio, preguntaba educadamente por la salud de Mercedes, comentaba algo sobre las cosechas, y se marchaba.
Un día, vagando por la casa para conocerla, Clara encontró la biblioteca. Era una sala con estanterías hasta el techo, llenas de libros de lomos gastados. Entró como quien entra a un santuario. Pasó los dedos por los títulos: poemas, novelas, tratados de agricultura, libros de historia. Escogió un volumen de poesía y se sentó junto a la ventana.
Estaba tan absorta leyendo que no oyó la puerta.
—¿Te gusta la poesía? —preguntó la voz de Augusto a su espalda.
Clara dio un respingo.
—Perdón, yo… No sabía si…
—Te dije que la biblioteca era tuya —la interrumpió con suavidad—. ¿Qué lees?
—Un tal Camões…
—Buena elección.
Se acercó y, por primera vez, hablaron de algo que no fuera la hacienda o los remedios de Mercedes. Augusto le contó la historia del poeta, le recitó de memoria unos versos. Cuando habló de libros, su voz cambió. El hombre severo se volvió casi joven.
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