—Cuando yo no esté —decía, mirando los mapas—, tú serás quien tome las decisiones hasta que nuestro hijo sea mayor. Confío más en tu criterio que en el de muchos hombres que he conocido.
Por las noches, Clara leía en voz alta poesía al lado de su cama. Una de esas noches, entre sombras y susurros, él se atrevió por fin:
—Clara… Cuando te propuse ese matrimonio, sólo pensaba en salvar estas tierras y en detener a Rodolfo. No pensaba en ti como mujer. Pero en estos meses, te he visto aprender, luchar, cuidar de tu tía, de nuestros trabajadores… Me he enamorado de ti —confesó, con una honestidad casi infantil—. Sé que no era parte del trato. Sé que quizá no sientas lo mismo. Pero necesitaba que lo supieras.
El corazón de Clara se apretó. No podía negar que él ya no era para ella sólo “el patrón enfermo”. Admiraba su sentido de justicia, su esfuerzo por prepararla, la forma en que la trataba como igual cuando abrían un libro. Aún así, el miedo a nombrar lo que sentía la hacía dudar.
—No sé si es amor —susurró—. Pero sí sé que me importas. Sé que no quiero que te vayas.
Él sonrió débilmente.
—Con eso me basta.
El invierno llegó con una crudeza inusual. Clara, con el vientre enorme, caminaba despacio por los pasillos, siempre con una mano en la espalda y otra protegiendo al bebé. Augusto casi no salía de la cama. El doctor aumentó las dosis de láudano para aliviarle el dolor.
Una noche de tormenta, mientras la nieve golpeaba las ventanas, Clara sintió la primera contracción. El trabajo de parto se prolongó durante horas. Mercedes le sostenía la mano, doña Eulália daba órdenes firmes, el médico iba y venía, empapado de sudor.
Al mediodía siguiente, cuando el sol por fin rompió las nubes, un llanto fuerte llenó la habitación.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
