Mi esposa estaba en la bañera con nuestro vecino. Cerré la puerta con llave y tracé mi plan…
Me inventé una explicación antes incluso de abrir la puerta: quizá había venido a arreglar algo, a ayudar con un mueble, a revisar una llave de paso. Lo gracioso de las excusas es que aparecen solas, rápidas, como si tu mente quisiera protegerte de la verdad.
Abrí la puerta con mi llave, y el silencio me golpeó.
Mi casa siempre tenía sonido. Música suave, una lista de reproducción de Laura, un podcast de fondo, el rumor de la cafetera. Ese día, nada. Un silencio “demasiado perfecto”, como una foto congelada. Dejé las llaves en el cuenco de la entrada y llamé: “¿Laura?”. No respondió. Caminé hacia la cocina. Los platos del desayuno seguían en el fregadero; migas en el mantel; la taza de Laura con café frío. Todo parecía normal… y justamente por eso daba miedo: la normalidad puede ser el disfraz más cruel.
Y entonces lo escuché.
El agua corriendo en el baño principal, arriba. Un sonido continuo, insistente, como un hilo que te arrastra sin pedir permiso. Miré de nuevo por la ventana: el coche de Luis seguía ahí. Sentí que el aire se volvía más denso. Subí las escaleras con la sensación de que cada peldaño pesaba el doble, de que algo en mí ya sabía lo que mi mente se negaba a pronunciar.
En el pasillo, el sonido del agua era más fuerte. La puerta del dormitorio principal estaba entreabierta. Me acerqué. Y lo oí: una risa baja, un susurro, un tono que no se confunde con nada. La intimidad tiene una música propia, incluso cuando intenta esconderse.
Mi mano tembló en el picaporte.
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